Patxi López pronunció un discurso vibrante, sentido y emocionante ante los miles de bilbaínos que se manifestaron contra Eta. ¡Qué falta hacía que desde el país vasco brotara esa nueva ilusión y ese vibrante grito contra los asesinos! Han sido demasiados años de ambigüedad, de equidistancia entre víctimas y terroristas, de hipocresía nacionalista. El lehendakari acertó en el fondo y en la forma de su alocución.
Muchos detalles nuevos tras el último asesinato del policía nacional Eduardo Puelles: la viuda, Paqui Hernández, mujer valiente, encarada contra los asesinos y contra quienes les apoyan, abrazada a una bandera española; los políticos, unidos contra esa lacra asquerosa con la que ya teníamos que haber terminado; la ertxaintxa, a cara descubierta, quitando el cartel de un asesino elevado a los altares del nacionalismo vasco; el pueblo sensato, ocupando las calles, y los aplausos llenando el cielo cada vez que se citaban las palabras paz y libertad.
Impresionante la manifestación de repulsa en Bilbao. ¡Qué lección al nacionalismo!
Desde luego que el PNV debe de replantearse muy seriamente en qué parte de la línea roja quiere estar, porque ya es evidente que no se le van a tolerar sus amagos de cariño hacia los terroristas. De repente, vemos a los nacionalistas vascos en una disyuntiva que no estaba prevista: o abrazan descaradamente la paz y la democracia, o se van decididamente con los terroristas. La línea roja se ha estrechado tanto que no caben los dos pies dentro, y el pueblo no admite que alguien tenga una pata a cada lado.
El pacto PSOE-PP era imprescindible, y hechos así lo demuestran. A cambio de ese gran paso hacia la normalidad del país vasco, Zapatero pierde votaciones en el Congreso: si cuando negociaba con Eta fuimos muy críticos, ahora es justo señalar que cada vez que se queda solo, sin apoyo del PNV, está pagando el precio de una decisión de grandeza. Y estas cosas también hay que reconocerlas.