LA EXALTACIÓN DE LO VULGAR
En un mundo occidental en el que las diferencias entre ricos y pobres se difuminan, el mayor contraste entre las gentes es su nivel cultural. Se nota cuando hablan, o cuando ríen, o cuando callan. Aquel señor tan elegantemente vestido sólo tiene que abrir la boca para identificarse; aquella chica tipo modelo súper A sólo tiene que reírse otra vez para denunciar de dónde ha salido, aunque sea de la cuna con más dinero del mundo; y aquel joven que se gana un dinero haciendo de camarero para pagarse la carrera, define su buena cabeza sólo con la actitud que mantiene al estar en silencio entre tanto escombro.
Es la Cultura, la Educación, la que define a los mejores, a los que son válidos. Papá puede haber dejado muchos millones de herencia, pero eso vale para poco. Casi todos los ricachones que amasaron fortunas construyendo pisos pero no supieron invertir su beneficio comprándose un cuadro o un libro están arruinados.
La mente cultivada, la educación forjada, el saber estar, el amoldarse a los lenguajes dependiendo de las circunstancias, el manejar temas de conversación, la elegancia en el silencio y en la expresión… Así se definen los que, a la postre, influyen en la sociedad.
Pero a la izquierda le gusta la exaltación de lo vulgar. Son felices haciendo series de televisión apestadas de poligoneros soeces, de homosexuales afectados y de putillas graciosas. Cuentan chistes para tontos y se ríen, siempre que haya una palabra malsonante por el medio. Encumbran a presentadores graciosillos malhablados y a guionistas groseros previsibles. Es la sociedad que quieren: la sociedad de la vulgaridad.
A los vulgares se les manipula con precisión y sin esfuerzo. Bailan hasta el amanecer sólo con el ritmo de un tambor.
No es casual que Bibiana Aído hable de operarse las tetas. Primero, porque ella es vulgar, es el ejemplo de la feminista radical de izquierda; segundo, porque necesita que la entiendan los vulgares.
Y así, entre todos, nos gobiernan.
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