No es un error. No se le ha escapado a Zeta aquello de que los padres “interfieren” en las decisiones de los hijos: es su odio a todo lo que suena a ‘familia’ o a ‘padres’ lo que hace de este radical de izquierdas concebir que los padres no educan, sino que interfieren. Cree firmemente que por encima de la autoridad paterna está el Estado. Y así es como se cultiva el totalitarismo.
¿Qué problemas tuvo Zeta en su infancia?, será pregunta que deba responder un psicoanalista, pero es evidente que en sus cinco años al frente del Gobierno no ha dado tregua en su lucha contra los principios morales en los que se sustenta Occidente, contra la familia, contra la Educación, contra la Iglesia Católica y en beneficio de conseguir que el Estado se meta en la cama de los adolescentes, en las clases de los estudiantes y hasta en las donaciones de caridad.
Aquí tenemos resucitado a Máximo Gorki. Zapatero es de un sectarismo y de un radicalismo desconocido en el Siglo XXI. Como buen peronista, viste su política de demagogia y no se atreve a decir las cosas como son, ni a anunciarlas: simplemente, las manda aprobar sin admitir análisis serios. Su idea de un debate es la descalificación; su idea de un Gobierno es la búsqueda de culpables para justificar sus desmanes.
Llegar a decir que los padres “interfieren” en las decisiones de los hijos sólo puede ser producto de algún excremento psicótico que anida en su propio pasado. Porque los padres tienen el derecho y la obligación de cuidar de los hijos.
Y es cierto que los padres no pueden modelar a los hijos a su imagen y semejanza –buena parte de nuestra existencia se basa en esa lucha generacional-, pero más grave es que sea el Estado el que convierta a los jóvenes en clones de una ideología que consiste en aniquilar la patria potestad.
La pregunta es: ¿por qué Zeta abomina la libertad de la familia occidental y defiende el “hecho cultural” de las tradiciones musulmanas? ¿O es que a ellos también les va a decir que “interfieren” en la educación de sus hijos?