Le ha desaparecido la sonrisa de anuncio y mira a la cámara de televisión con violencia. Frunce el entrecejo con rencor. Ya se siente víctima de la sociedad cruel a la que dedica sus desvelos y de la que recibe frialdad, cuando no desprecio. Es un incapaz, pero no va a reconocerlo: los culpables son los demás, que han dejado de quererle.
Asistimos a la transformación de Rodríguez Zapatero en un fantasma que camina por La Moncloa sin entender qué le sucede ni por qué ha cambiado su entorno: allí donde encontraba aplausos, ahora escucha silencios; donde había admiración por su rebeldía radical, ahora percibe desconfianza. No quiere asumir que la sociedad llegó a confiar en él sólo por descarte, no por sus propios merecimientos.
Es un incapaz, pero no lo admite; ni siquiera reflexiona sobre su torpeza en lo que toca. Su principal error: quiso enterrar el consenso de la transición sembrando odio; para ello, se apoyó en los nacionalistas y en cualquiera que estirara la mano para recibir prebendas. Ahora, recoge su cosecha. Hasta los sobornados comienzan a odiarle, tal y como él tenía diseñado para los demás, no para sí.
Toca el aborto y le nace un aborto; toca la Política Exterior y le desprecian hasta sus amiguitos radicales; toca el Medio Ambiente y España es el país que peor cumple Kioto; toca la inmigración y ahora no sabe cómo echarles; toca la Cultura y hunde el mercado; toca la Vivienda y destroza la Economía; toque lo que toque, el resultado se ha convertido en la maldición de un incapaz.
Ya no sonríe. Ya no gusta de ser entrevistado. Ya cree que existen conspiraciones por doquier. Ya se ha vuelto loco: tanto, que cree que un soldado raso ha de tener más información estratégica que el Parlamento y que la OTAN.
Dentro de poco tiempo, Rodríguez Zapatero habrá pasado por La Moncloa sin poder hacer balance, como le sucedió en su primer año de esta segunda Legislatura. Se recordará de él que se enfrentó a la Iglesia católica y que casó a los homosexuales. Vaya cosa.
Pero cuando le acusen de haber fracasado incluso en sus empeños radicales, cuando le señalen por su responsabilidad en el desplome de España, ni siquiera sabrá defenderse con hombría. Con la sonrisa borrada, enmudecerá.
Quedará callado y con mirada violenta para no confesar que todo ocurrió porque al frente de la maquinaria estaba, sencillamente, un incapaz.