Los mismos que han otorgado estatus de nación a las Comunidades autónomas ahora se quejan de que hay que pedir una licencia de caza distinta en cada autonomía para disparar a los muflones. Pues tienen razón: es un sinsentido. Pero hay cosas peores. Por ejemplo, que cada nacioncilla tenga su propio calendario de vacunaciones para los niños, como si las enfermedades pidieran permiso de entrada en los territorios.
Claro que es un disparate que un cazador necesite tantas licencias como Comunidades autónomas recorra, pero más lo es que la Dirección General de Tráfico no pueda dar información de las carreteras vascas, por ejemplo.
Si se habla en serio del asunto, hay cuestiones mucho más importantes: que el idioma sea un problema para moverse por España; que la Educación esté en mano de unos caprichosos que buscan las diversidades en vez de las afinidades; que los jueces se distribuyan por audiencias regionales; que los españoles pasen por la ventanilla de “emigrantes” si van a un hospital de fuera de su región; que el Tribunal Supremo obligue a izar la bandera rojigualda mientras que los ayuntamientos y los gobiernos regionales lo incumplen.
Y que cada Comunidad autónoma quiera ser reconocida como nación. En el caso de Ibarretxe, el País vasco ya no es nación, sino galaxia.
La aberración del Estado de las autonomías se ve cada día, y no sólo porque Ultrabermejo no pueda cazar donde le venga en gana. Hemos pasado de una administración pensada para estar más cerca del ciudadano, a unos gobiernos y asambleas legislativas ocupados en poner fronteras donde no había.
¿Pero hay algún partido que, hoy por hoy, quiera poner coto a esta locura? Dese luego, los dos mayoritarios, no.