Que quiere la prosperidad y la paz, dice Obama. Bueno, pero eso no es lo que se espera del presidente del mundo. Es tan obvio, que da vergüenza. Millones de personas estaban pendientes de algo más: de mucho más.
De momento, sabemos que al presidente de los Estados Unidos le gusta rezar. ¡¿Qué estarían diciendo los de la ceja si esa misma ceremonia con el pastor evangelista, y también el metodista, la hubiera diseñado Bush?!
¿Acaso no le llamarían “meapilas”, al ritmo de Aretha Franklin?
Obama hasta se equivocó en el momento de jurar: primero, se adelantó a decir su frase y, luego, dudó… Los nervios se pasan el día de la boda, no cuando juras el cargo de mayor poder en el planeta.
En resumen, mal: ceremonia más bien cursi y discurso bluf. Ahora ése es el jefe del mundo.
Las niñas, bien; la mujer, guapa; los extras de los autobuses, perfectos; el ruido mediático, imposible de superar… Pero se ha quedado la cosa en un ¡ay! En muy poquita chicha.
Las bolsas han reaccionado mal y los analistas económicos empiezan a tener dudas. Este es el hombre que tiene que enderezar la economía norteamericana. El que dice que quiere la prosperidad y la paz. ¡La noticia es que hubiera dicho que quiere la ruina y la guerra!
El presidente del Gobierno, Zapatero, se ha adelantado a decirnos que se abre una oportunidad. Otra obviedad: cada día es una oportunidad.
Y así andamos, entre obviedades. Con estos mimbres comienza una etapa apasionante. Desde el punto de vista político, ha empezado el Siglo XXI, la centuria que ya ha conocido el mayor atentado de la historia y el crack económico más profundo. Por eso estaban los ojos puestos en Obama. Para que nos diera una alegría…
Pero sabe a poco. Se ha quedado en lo obvio.