La diputada Rosa Díez, proveniente de las filas del PSOE, creó un partido de aluvión con marchamo de izquierdas y votos de derechas, y cuatro meses después de las elecciones generales se enfrenta a una crisis que mucho recuerda a lo sucedido con el partido “Ciudadanos”.No cabe duda de que Díez supo recoger gran parte del enfado de votantes del Partido Popular por el liderazgo de Rajoy y de algunos —menos— descontentos del PSOE, y así conseguir un escaño por Madrid que era cosa bien difícil.
Pero una vez en el Congreso de los Diputados, no puede esperar que los de su partido le aplaudan sin más y no rinda cuentas de sus constantes declaraciones y propuestas.
Rosa Díez ha demostrado ser valiente, y esa bravura le ha sido recompensada en forma de votos. Pero un partido no es eso: el personalismo vale en Campaña electoral, y en ese tiempo se excusa la falta de programa y de ideología. Una vez sentados en el escaño del Congreso de los Diputados, los miembros de los partidos requieren su propio protagonismo.
Se quejan los pocos militantes de que no hay democracia interna y que ni siquiera se ha convocado un Congreso fundacional de UPyD. Según denuncian, las decisiones se toman a golpe de teléfono y nadie sabe cuál es la ideología que les une.
Mal camino. Un Partido no es acudir a los debates de Ernesto Sáenz de Buruaga en Telemadrid —verdadero artífice de UPyD—. Un Partido es una estructura complicada de manejar a gusto de todos, y el protagonismo del líder debe compensarse con, al menos, la apariencia de un equipo, cosa que Díez ni tiene ni parece que le guste tener.
Si Rosa Díez y su UPyD llegan a las elecciones Europeas pueden dar una sorpresa. Pero no es tan fácil llegar. Primero, porque cuando un colectivo tan joven se resquebraja, volver a unirlo es difícil; segundo, porque ahora ya no se le perdonará que vaya por la vida diciéndose de izquierdas y pidiendo votos en la derecha. Ahora tiene que aclararse, dar a conocer su ideología. Y para eso necesita un partido con dos características: serio y cohesionado.